Cuentos wayuu I


Relato de un cazador de tortugas

Nüchi’ki wané waiú olo’jüi sa’wáinrrü

Según dicen había un hombre gran cazador de tortugas.
 ¡Quién
sabe cómo se llama la tierra donde ocurrió! ¡Quién puede saberlo!
Eso era lo único que hacía siempre: cazar tortugas. Seguramente
las encontraba con facilidad. Algunas veces traía solo una, otras traía
dos, otras traía varias, no había un día que no consiguiese alguna presa.
A causa de eso estaba muy bien, le llegaba mucha gente de todas
partes. Unos le traían chinchorros, otros le traían sombreros, unos
le traían carne para cambiar por carne de tortuga, ya que la carne de
tortuga no es igual que la del animal doméstico.
Se iba siempre de mañana a pescar. Ya se iba volviendo viejo en
esa actividad. Y su mujer se encontraba muy bien; sus hijos estaban
gordos, porque ellos se saciaban siempre, ya que no había un día que
faltase la carne de tortuga para sus estómagos.
Hubo un día en que él se había ido tempranito al mar, solo, a ver su
red. Sacó la red, había dentro de ella una tortuga y él pensaba sacarla
afuera. Ya no tenía compañero, no dio para arrastrarla del todo [él
solo] hasta la orilla del mar.
Estuvo halándola y no pudo con ella, le pesaba. «¿Qué será bueno
para ella?», pensaba para sus adentros. «Voy a ponerla boca arriba». Era
su intención y forcejeó con ella, [pero] era más fuerte que él.
La tortuga se deslizaba, sin poder evitarlo él, hacia las aguas del
mar.
–¡Que no se me vaya a escapar! –decía el hombre, se lamentaba de
que se le escapase, no la soltaba, se aferraba a ella.
Pues bien, ella lo arrastró hacia mar adentro. No la soltaba, temió
que se iba a hundir y por eso se aferraba al dorso de la tortuga.
Se alejó el hombre cargado por la tortuga, ella iba ondulando sobre
la superficie del mar. ¡Pobre del hombre cazador de tortugas! Se aferraba a ella. «Si la suelto, moriré», decía para sí.
No se zambullía con él, y se hubiera muerto si ella se hubiese zambullido. Estuvo nadando largo rato. Después ella lo hizo llegar a una
isla
 cuando el sol estaba para ponerse; sobre la isla había muchas piedras.
¡No era pequeño el número de tortugas entre las que ella vino a
traer al hombre! Se encontraban amontonadas, había unas grandotas,
había otras medianas, había otras pequeñas, levantaron la cabeza hacia
el hombre. Se movían, estaban alborotadas de las ganas que le tenían
al hombre.
–¡Conque este es el que nos maltrata! ¿Qué le vendrá bien? –decían sus palabras.
–¿Qué estará bien para que sufra? Ya son bastantes los días en los
que se ha estado comiendo a nuestros familiares. Sin duda que este
debe ser el peor –dijeron todas las tortugas.
–Caramba, ¿qué será bueno en este momento para él? –dijo entonces la tortuga que era seguramente la más vieja.
–Es mejor que le escupamos varias veces, que le pedeemos repetidas veces en la nariz, que le orinemos encima, que lo golpeemos insistentemente con las patas, ya que no hay otra cosa más apropiada a sus
méritos –les dijo a las otras.
Pues bien, se le orinaron encima, le tiraron pedos en la nariz, fue
escupido, las tortugas le cayeron unas tras otras. Su griterío durante la
acción era enorme, se reían escupiéndole encima.
–¡Ay, qué hediondo está esto! –decía el hombre afectado por
aquello.
–Trágatelo, que si no te vamos a arrojar al mar –le dijeron las
 tortugas.
Estuvo por un rato sentado el hombre, [que] al fin ya se vio tendido
en el suelo. El ojo se le cambió de color por la saliva y la orina; su piel
tenía color blanco apagado o pálido.
Luego, después, al otro día de pronto se asomó en el horizonte una
mujer como viniendo de allá para acá, caminaba entre las aguas del
mar. Se trataba de una mujer muy bonita, alta, de cabellos largos. Caminaba ligera por la superficie del mar, como si ella estuviese andando
por la superficie de la tierra. Llegó ella en medio de las tortugas. Miraron ellas a la mujer y se retiraron una detrás de otra de la presencia
del hombre.
–¿Qué significa este que está ahora aquí? ¿Qué va a hacer este ahora aquí? ¿Qué ha venido a buscar aquí? ¿Con quién ha venido? –dijo
la mujer.
–¿Quién te ha traído hasta aquí, dímelo ahora mismo? –le fue dicho al hombre. A pesar de que él ya no podía ni hablar.
–Yo fui traído aquí –dijo él.
–¿Quién lo ha traído para acá? –la mujer les preguntó a las tortugas. Entonces se acercó reptando una de ellas.
–¡Sí! ¡Este! Él es el que siempre nos come y el que está a punto
de acabar con nosotras, me lo traje ayer, ahora en este momento
lo estamos haciendo sufrir, estamos haciendo con él lo que queremos, para que él pague su mala acción de estar comiéndonos
siempre –dijo entonces la tortuga que era seguramente la que lo
había traído.
–Sí, conque este es él. Sí, conque este es el hombre que tiene tanta
barriga para comerse mis animales, que ni siquiera dejaba un día de
comerlas.
 Se come una que sea grande, se come una joven, uno que
sea castrado,
 una que sea parida; y cómo sufre su hijo llorando en su
ausencia. Son hartas y graves sus fechorías; ¿qué será bueno para que 
él sufra como se merece? Lo mejor es que me lo lleve ahora para mi
casa para hacer con él lo que quiera –dijo la mujer.
–Vamos conmigo para mi casa, comedor de animales ajenos –le
dijo ella.
El hombre estaba asustado, no se movía por nada; estaba tieso,
tenía los ojos desorbitados. La mujer le agarró por el brazo, lo arrastró
hacia las aguas del mar. Ella se metió en el agua delante de él y él se
encaminaba tras ella. Se fueron, caminaba por la superficie del mar,
andaban como si caminasen por la superficie de la tierra.
Ahora bien, cuando ellos tenían un rato de estar caminando, descendieron al fondo del mar. Al hombre no le pasaba nada, se encontraba como si no estuviese metido dentro de las aguas del mar.
La mujer condujo al hombre a una gran casa. Era muy bella por
dentro, como las casas de los ricos. A él, con todo, nada malo le pasaba
y ella más bien lo estimaba, lo cuidaba en todo momento, le colgaba el
chinchorro junto a sí. Habitaba sola en la casa; era lo que se llama una
pülohui. Es la verdadera dueña de las tortugas.
El cazador de tortugas estaba muy asustado, y además estaba triste. «¡Ay de mí que me encuentro así! Ni siquiera se trata de tortugas
que yo me haya robado. Son bienes a disposición de cualquiera persona, eso es lo que yo tenía entendido, por eso las pescaba. Que coma mi
mujer, que coman mis hijos, esa era mi intención. Tienen su dueño, es
algo que no se me había ocurrido, las he cazado sin preocuparme para
nada», decía el hombre para sus adentros.
«¡Ay de mí!, y pensar que no estaré nunca para ver el semblante
de los míos. Para siempre me quedaré sin ver la cara de mi madre y de
mis hermanos y tampoco veré la de mi mujer y las de mis hijos. Ahora
me quedaré aquí para siempre en poder de esta que me ha traído a su
casa», hablaba el hombre a solas.
Pues bien, después el hombre poco a poco se fue acostumbrando;
la pülohui lo mandaba a barrer la casa, a lavar algunas cosas y también
lo mandaba a lavar los vestidos de ella. Andando el tiempo, finalmente, 
cuando quizás ya a ella le cayó bien, lo tomó por su marido. Según
dicen era muy diferente su forma de ser en el acto sexual, duraba muchísimo.
La pülohui no dejaba que el hombre fuera visto por nadie; lo escondía dentro de algo si tenía visita y lo sacaba después que ya se hubiese ido la visita. Por cierto que, según el hombre, en cierta ocasión
llegaron unas mujeres muy hermosas; seguramente eran unas hermanas de la pülohui, la estaban visitando casualmente y se tardaron un
largo rato conversando con ella y se quedaron de paso a comer.
–¿Qué será lo que hay aquí en la casa? Sentimos un cosquilleo y
hay también aquí en la casa un olor muy agradable –se lo dijeron las
hermanas a la pülohui.
–¡Caramba, estas jóvenes sí que son veleidosas y embusteras! ¿Y
qué puede haber en mi casa? No se preocupen que no hay nada por
aquí, ustedes sienten cosquilleo porque son muchachas –les dijo entonces a ellas.
Pues bien, después la pülohui quedó embarazada del hombre.
Cuando parió salieron de un parto varios hijos. Los hijos eran velludos y de largas uñas. Crecían muy rápidamente, y se hacían más y más
grandes de la noche al día. En cuanto se hicieron adultos, se dispersaron, no se quedaban con su madre.
Aunque al hombre la pülohui nada malo le hacía, él se sentía siempre triste. La mujer se daba cuenta de que él estaba triste.
–Me parece que estás triste, maridito mío. ¿Te quieres a lo mejor
ir para tu casa? ¿Es que a lo mejor quieres ver a tus familiares? –le dijo
cuando ya él llevaba mucho tiempo con ella.
–Sí, así es como dices, sí, estoy muy triste –le dijo a ella.
–Sí, conviene que yo te mande a tu casa; para que des una vuelta y
veas a todos tus familiares –le dijo ella al marido–.Voy a mandarte a tu
casa pero no te vas a quedar del todo por allá. Aunque vayas a donde
vayas, yo te iré a buscar y te traeré de nuevo por acá. Y tú no vayas a
contar nada. «Yo he estado ahí donde una pülohui», cuida conque se te
vaya a ocurrir decir. Mira que te daré tu merecido. Cuando estés allá
en tu casa, me mandarás un poco de chica
 dentro de una torumita. E irás a depositarla a la orilla del mar –le dijo al hombre la pülohui antes
de partir.
Después fue llevado el hombre hasta la orilla del mar. Pues bien,
estaba muy alegre; había corrido inmediatamente a su casa. En cuanto
llegó buscó la chica y la totumita, y en cuanto las consiguió las llevó al
mar. Aquello no es cosa que se mueva por sí sola, pero se iba alejando
poco a poco flotando sobre la superficie del mar; era como si estuviese
siendo empujada por un viento.
Pues bien, en cuanto llegó el hombre a su casa fue objeto de satisfacción y agrado, fue motivo de alegría para sus familiares. Fue abrazado, lloraban de emoción por él.
–Oh, sí, conque mi hijo ha llegado –decía la madre.
–Conque ha llegado el padre de mis hijos –decía la esposa.
–Conque ha regresado nuestro hermanito –decían sus hermanos.
Pues bien, y empezaron a asediarlo a preguntas al cazador de tortugas.
–¿De dónde, en, realidad, vienes tú? ¿Dónde has estado tanto
tiempo? Creíamos que te habías muerto –le decían.
–Bien, no, yo solamente he estado por un lugar muy lejano –les
dijo él.
Se celebró la llegada. Sus familiares celebraron un baile. El tambor sonaba, al baile llegó mucha gente. Durante el baile se repartió
aguardiente y carne de res. En el baile se emborracharon mucho las
personas. Pues bien:
–Aquí tienes tu trago, es bueno que bebas con nosotros, primo –le
fue dicho al hombre procedente del mar.
Al principio había rehusado:
–No me den de beber, no estoy en condiciones como para beber
–dijo.
Pues bien:
–Aquí está tu trago –le fue dicho varias veces.
Lo acosaban, hasta que ya al fin acabó por tomarlo. En cuanto se
puso borracho, empezó a hablar en voz alta, les hablaba con voz fuerte
a los otros: 
–Hermanos míos, no hay ningún hombre que sea como yo:
yo tengo por mujer a una pülohui allá en el fondo del mar, precisamente de ahí es de donde yo vengo ahora –decía bajo la borrachera.
Pues bien, en cuanto habló de la pülohui se desplomó en el suelo,
murió rápidamente.
–Caramba, ¿qué le ha pasado? –decía la gente.
–Échenle agua encima; échenle aguardiente en la boca –decían
algunos.
Nada pudieron hacer por él, se había muerto en el acto al caer
desplomado al suelo.
Lo que primero había sido baile fue después velorio. Fue velado en
la casa de su madre. Se repartió por él,
 fue enterrado después en el
cementerio de los familiares.
Pues bien. Ahora después, en el mismo día en que fue enterrado
llegó la pülohui al cementerio a buscarlo, cuando ya el sol se estaba
poniendo. Escarbó y escarbó en la arena que recubría la tumba del
hombre; miraba a todas partes. Lo sacó enseguida, y caminó hacia el
mar con él a cuestas.
Bañó después la pülohui con agua de mar al hombre muerto. Según dicen, le echó encima un líquido de olor agradable, por ello poco
a poco se fue recuperando.
Después se recuperó totalmente, estaba tan vivo como antes. La
mujer lo reprendió muchísimo por haber hablado de ella cuando estaba en su casa.
–Te he dado tu merecido. Ahora ya, so muérgano, no te mandaré a
tu casa, te quedarás conmigo para siempre –le decía ella.
Pues bien. Según dicen, llegó la gente al cementerio a encenderle
la candela al hombre muerto
 al poco rato de la pülohui. Se asustaron
mucho al llegar; se encontraron con que el muerto no estaba, lo único
que había era el hueco, que estaba vacío.
–¿Qué cosa será la que lo ha hecho así? –dijeron algunas de las
personas. Huyeron llenos de espanto de nuevo a la casa.
Las personas se quedaron quietas en la casa. Ni siquiera fue buscado el muerto; no tardaron en sospechar de la pülohui en lo tocante a él.
–Bueno, ya, que se pierda; ya que si nos ponemos a buscarlo de
todas formas no lo vamos a encontrar –se limitaron a decir.
Ahora, después de aquello, la pülohui no permitió más que fuese a
visitar a sus familiares, y según dicen, todavía está en el fondo del mar.
Y se acabó el relato del pescador de tortugas.

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