Cuentos wayuu III

 

Origen de los guajiros

Allá en lo alto, por encima de las nubes, está Ziruma, el cielo, donde vive Maleiwa, el buen espíritu que ha creado el agua, la tierra y

todas las cosas que existen.

También hizo Maleiwa a sus propias hijas, ya crecidas y muy hermosas, y dio a cada una de ellas una larga extensión de tierra, para

que tuviesen por separado frutos que comer y montañas y ríos donde

hallar sombra y agua.

Pero cuando pensaba el buen espíritu que las cosas estaban en orden, una de sus hijas se le acercó y le dijo:

–Padre, ¿qué tierra tendré yo? Porque a mí nada me has dado.

Entonces Maleiwa vio que se había olvidado de aquella hija y que

va no podía ofrecerle nada porque todo estaba repartido.

Mirando a su alrededor se fijó en un lago que era casi tan grande

como el mar, en el cual vivía Pará, el espíritu del agua, y determinó

sacar de allí una tierra para su hija.

Y de las aguas del lago brotó La Guajira, curvada como un gran

arco de arena, que salía del agua y se alargaba hacia adentro hasta tocar

con otros lugares.

En ella apenas había árboles y estaba casi pelada de montañas e inhabitada de gentes. Únicamente se escuchaban los resoplidos de Jepirach, el viento del norte, moviendo el agua de las casimbas o pequeñas

lagunas que se formaban entre la arena.

Mensh, el Tiempo, «el que siempre existe», era el único habitante

de La Guajira. Detenido sobre las casimbas y las rocas, contemplaba

el ir y venir de las ondas del lago, que avanzaban y retrocedían empujadas por la fuerza de Jepirach.

Y aunque parecía que todas las cosas estaban quietas, la mirada

del Tiempo las transformaba: unas veces el mar devoraba un trozo de

tierra; otras se secaba una laguna y aparecía en diferente lugar.

La hija de Maleiwa se paseó por el borde del lago, asomándose a

mirar su fondo desde las rocas de la orilla, y la brisa le trajo a los oídos

las voces de Pará, el espíritu del agua.

Después que recorrió aquellos lugares sin haber hallado hombre 

alguno, pensó: «Mensh, el Tiempo, me engendrará los hijos que han

de continuarme y que poblarán esta tierra mía».

Y se unió a Mensh, teniendo de él varias hijas, una de las cuales se

enamoró más tarde del espíritu Pará y se hizo su mujer.

De esta unión nacieron Juyá, el invierno, e Igua, la primavera. Y

Jepirach, el viento del norte, el que formaba dunas con las arenas, deseó a Igua y la tomó por mujer.

Ellos fueron los padres de los primeros hombres que poblaron

aquella tierra, los cuales se hicieron muchos y se sucedieron unos a

otros, generación tras generación.

Un día, el buen espíritu Maleiwa dijo a las gentes:

–Quiero que salgáis de ahí y que vayáis a poblar otros lugares.

Algunos de los hombres que vivían en aquella tierra empezaron

entonces a caminar, saliendo del poblado de Uchi Juroteka. El sol les

abrasaba la cabeza y la arena les quemaba los pies y les secaba la garganta, levantando cerros de polvo caliente.

Cuando aún no llevaban mucho tiempo andando, uno de los hombres, llamado Wojoro, que era el más flojo de todos, se fue quedando

atrás y dijo:

–No puedo seguir caminando. Tengo los pies desollados, necesito

descansar.

Los demás le contestaron:

–Quédate entonces aquí, que nosotros continuaremos.

Y Wojoro se quedó abandonado cerca de Maiceo.

No habían avanzado mucho más allá de aquel lugar, cuando otro

de los caminantes, que se llamaba Epits, notó que se le acababan las

fuerzas y se sentó encima de unas piedras para quitarse las sandalias;

pero cuando intentó de nuevo levantarse, le fue imposible soportar el

dolor de sus pies destrozados ni la sed que le quemaba el cuerpo y, así,

tuvo que quedarse quieto y abandonado de los demás, lo mismo que

Wojoro.

El más fuerte y ágil era Itojoro, que animaba a los otros diciéndoles:

–Vamos, que pronto encontraremos tierras mejores que estos secos

arenales.

Pero Wososopo le contestó:

–Me abrasa la sed y no puedo seguir. ¡Ojalá te rinda a ti también la

fatiga y tengas que quedarte con nosotros!

Y se arrojó extenuado sobre la tierra, donde al poco tiempo se murió de sed.

Los demás continuaron la marcha por aquellas peladas extensiones

de arena, sin hallar rastro de agua, y poco después Juyouirá empezó a

quejarse de hambre, sed y fatiga, y, temiendo que también lo abandonasen, gritó:

–¡Deteneos y no me dejéis solo!

Pero Tsitsi le contestó:

–Si no puedes continuar, quédate tú, pero nosotros seguiremos.

Y diciendo esto lo dejaron atrás, sin volverse a mirarlo siquiera,

mientras él se fue consumiendo poco a poco, con el estómago roído

por el hambre.

Itojoro fue el que mejor soportó la fatiga pero, finalmente, antes de

haber llegado al lugar de Akuwa, cayó rendido como los otros, con los

pies destrozados por la marcha.

Los que más avanzaron fueron los monkis, que eran unos hermanos que llegaron casi hasta el borde del lago; pero allí sucumbieron, lo

mismo que Guarapú, que se quedó dormido cerca ya del agua.

Viendo Maleiwa que ninguno de los que había enviado a correr

tierras había podido llegar a su destino, les dijo:

–Todos quedaréis convertidos en cerros y seréis llamados con

vuestros mismos nombres. Así, tú serás el cerro Wojoro –dijo el espíritu mirando hacia aquél–. Tú, Epits, y tú, Wososopo, el que murió de

sed. Sobre ti, Juyouirá –añadió–, siempre tronará y lloverá; y tú, Itojoro, serás así llamado por la mata de totumo que te nacerá en la cima.

Se cumplió la predicción de Maleiwa y los cuerpos de los hombres

tumbados a lo largo del camino se fueron convirtiendo en cerros y se

quedaron esparcidos por la llanura.

Después, el buen espíritu subió al Tsitsi y vio que toda la tierra

había sido cubierta por el agua. Entonces cogió su honda y arrojó con

fuerza una piedra al aire, la cual fue a caer sobre Kasuto, la roca blanca. En seguida, el mar empezó a retirarse lentamente y dejó al descubierto La Guajira, salpicada en algunos lugares de pequeños pozos

salados como ojos del agua que mirasen al cielo.

Maleiwa contempló aquella extensión árida y seca, y pensó: «¡Po-

bres mis hijos y pobres mis nietos! ¿Qué les daré para que puedan

vivir sobre la tierra?».

Y envió una bandada de pavas o wampiray y otra de uruí o turpiales. Y después envió a la guacharaca, al paují y a todos los demás pájaros, que sembraron desde el aire cardón, inaschurá, iguayará, sangre

de toro y sojoo, con el estiércol que arrojaban.

Luego, Maleiwa plantó las morvas, que son esos arbustos de frutas

negras que tanto gustan a las aves y que comen también las gentes, e

hizo aparecer sobre las charcas a la yaguasa picicí colorada y al buchón

alcaraván, a la chócora y al pato cucharón, a la garza blanca y al cuervo

negro.

Nacieron después para habitar la tierra seca el puercoespín y el

matacán, el marchangle y la iguana. Y entre las aguas del Coreairo,

del caño Sokoró y del Aipiapá empezaron a nadar el bagre paletón, la

corita, el cotí y las agujetas.

Luego brotaron de entre las matas sabrosos frutos, como el zorro

cloco, el guáimaro y el tamaro, la tapara y el cují, el chiporo y el karigua.

Y sobre la laguna que tiene el agua salada cuando le sopla el viento

de Juyá, y dulce después que llega la primavera, el buen espíritu plantó

una gran cantidad de enea, por lo que la laguna se llamó desde entonces el Gran Eneal.

Cuando ya Maleiwa vio que la tierra estaba preparada para alimentar a las gentes, se fue a la gran caverna que hay en la punta del

cabo Jepirach y dentro de ella creó varios hombres y mujeres, cuyas

huellas quedaron allí marcadas.

El espíritu les dijo:

–Formaréis castas diferentes. Vosotros –advirtió a una de las parejas– seréis los fundadores de la casta Ipuana, que está consagrada al

halcón, y la vuestra –añadió, dirigiéndose a otra pareja– será la Uriana, que es la del zamuro.

Y así fue diciendo a cada hombre y mujer:

–¡Casta de Pushainas, consagrada al báquiro; de Epinayúes al venado; Epiyúes al buitre; Jusayúes a la culebra cascabel; Sapuanas al

alcaraván; Jayariús al perro; Huaurís a la perdiz!

Cuando todos supieron el nombre que habían de tener ellos y sus

descendientes, el buen espíritu dio a cada pareja un par de animales 

y les ordenó marcarlos con hierro y dejar luego la señal de las marcas

incrustadas sobre unas rocas que existen en el lugar de Arachi, para

que en los tiempos venideros las castas supieran cómo distinguir sus

ganados por medio de aquellos signos.

Después los hierros que habían servido de molde se guardaron en

la cueva, la cual quedó cerrada por una gran piedra que la marea del

lago empujaba hacia dentro y hacia fuera. Allí también están ocultas

unas tinajas de barro llamadas pachisha, repletas de tesoros, que nadie

puede abrir porque si lo hiciera moriría.

Maleiwa se fue otra vez a Ziruma, el cielo, al que también van los

guajiros cuando mueren, después de cruzar por la cueva Jepirach.

En aquel lugar formado por extensas llanuras, en donde abundan

los ganados y el agua, y en donde la brisa es siempre tibia y refrescante, las gentes vivirán felices y no verán a sus enemigos, porque

Maleiwa los coloca en lugares apartados.

Tampoco sufrirán las enfermedades con que Yor(u)já los ataca en

este mundo, y Guandrú no matará a sus animales ni secará los pozos

para atormentarlos con la sed. 



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